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jueves, 21 de julio de 2016

LAS SALAS DE AQUELLAS CASAS



Pero hay que hacer puntualización porque podrían creer que nos ubicamos en las casas del año de misiá escopeta cuando se mudaban los techos de enea cargando las cuatro astillas y las paredes se tapaban con boñiga e vaca y tierra. O bien pueden asumir que el pronombre demostrativo le cae a aquellas casas que eran como unas fincas, que ocupaban hasta dos manzanas y empleaban un ejército de servidumbre, como la de Alzamora que terminó siendo funeraria y hasta pa’ eso fue grande. O la de Rodolfo Eckard que una picota criminal convirtió en unas casitas de avispas. No, debe ser un término medio cuando ya los dueños se iban inclinando por casas más pequeñas y aún así, tenían sala, antesala, comedor, corredor, patio, cuatro cuartos, portón y portoncito: uno un cipote portalón de madera forrado con zinc que se usaba no habiendo carro (automóvil) para el o los dos carros de mula que se utilizaban o para los cuatro burros que por ahí entraban y salían y la puertecita en que convertían las cajas de aire, una entradita para llegar a la casa metiéndose sin que alguna visita inoportuna ,un cobrador o algo parecido se diese cuenta que el tipo había llegado. Bueno esas casas parecían como fabricadas en serie: un frente rectangular y sin atractivo, con dos ventanas y una puerta de madera y con aberturas individuales en lo que era la sala, y dos ventanas en los cuartos. Casas, ya de teja aunque malas, quebradizas, de culatas empinadas, sin cielo raso, y la herencia de las casas de paja: murciélagos guindando en el techo y telarañas en los rincones. Invariablemente pintadas de blanco, con una franja roja o como en alarde de originalidad, color ladrillo y las puertas verdes para prestarles el mayor parecido posible a un cotorro. Eso sí; había algo en que la rivalidad no tenía límites y uno hoy y desde mucho antes, veía con asombro el montón de cosas  que cabían en una sala: eran los adornos que, casa que se respetase debía tener en abundancia, finura, atractivo, tamaño, precio y gusto para colocarlos. Bueno todo esto si podía llamarse buen gusto clavar en lo alto de la pared frontal de la sala el retrato pintado al crayón del dueño o la dueña, verdaderas realizaciones artísticas de los tipos que alguna vez con foto agüita lo retrataron y que luego otros no menos ingeniosos las dibujaron debidamente ampliadas como en formas de semicírculos y cambiando los harapos que tenían años atrás por saco, corbata, chaleco, y hasta reloj de bolsillo en los hombres y sustituyendo el horrible sombrero de loca y las candongas y el cuello alto de las mujeres por cabelleras sueltas, cejas a lo Greta Garbo, escotes atrevidos para la época y camafeos en sus ebúrneos cuellos. Pero si hubiera sido eso todo; la pared que separaba la sala del comedor tenía a lado y lado unos boquetes semicirculares que después convirtieron en arcos amplios desapareciendo las puertas intermedias. Bien, allí colocaban todo lo que Ud pueda imaginar: gatos grandes de porcelana que hasta usaban corbatín rojo .Damas antiguas de distintas cortes y de diferentes reyes, ballerinas en pleno pase, caballeros con pelucas empolvadas, calzones bombachos, libreas y zapatos con hebillas. Del otro lado estaba otra fauna y nunca mejor empleado el término: perros, leones, elefantes con el acápite cabalístico que tenían que ser impajaritablemente tres: uno comprado, otro regalado y el tercero robado. Y eso sí: todos con los jopazos hacia la puerta de la calle porque si no, no servían. Ya con esto hubieran bastado en estos tiempos para recluir a los dueños de casa en un asilo de bipolares, pero no. Había más: las paredes no podían estar “peladas” so pena de ser descalificado el amigo por mal gusto. En ellas estaba una foto de la hermana mayor, el bollo de la casa, cuyo principal atractivo era un diente de oro ante el cual el de Pedro Navaja era una simple calza chispita. Y la chica luciendo la última moda. El permanente que dejaba el pelo como cualquier palenquera porque decían que el cabello rizado era el último grito de la moda. No les dije que eran “retratos iluminados”, porque aunque no había foto color todavía, otro artista del género las pintaba con acuarelas y/ o lápices de color. Pero el buen gusto llegaba hasta colocar debajo de esa foto tres o cuatro almanaques de motivos más dispares: paisajes, chinos, palmeras y playas y…qué carajo. Y vámonos para la mesa de centro porque ya es tiempo. Y esa era en verdad la central de tanta bisutería ridícula. Allí en toda la mitad se colocaba un  tarro o recipiente de hierro colado que contenía flores. Los primeros días eran naturales, pero como cambiarlas era una labor hijuemadre, se optó por las flores artificiales que a leguas se notaba que no tenían  ni la n de natural; es decir: nada. Allí había muñequitos de toda clase y tamaño, cajitas de música cuyo sonido era el mismo en todas.  En un tiempo los tapetes tejidos a mano, uno para cada adornito, después reemplazados por los de tela y luego mimbre, y pasando al plástico años después para su desaparición total. Allí había para terminar simbólicamente porque se quedan muchas cosas, vasos y copas finas, que rivalizaban con los floreros importados llamados “tangos” que se colocaban en cada esquina de la sala, y las poteras en cuanto espacio libre hubiera. Cosas como las relatadas no dejan de sembrarle a uno la inquietud que se renueva en cada  generación. Sí eran tan bellos y distinguidos aquellos escenarios que eran las salas de las casas? Es natural sobre todo cuando nos consta que el nivel cultural de muchos ricachones de cuatro pesos no era ni el mínimo requerido para observar algo de etiqueta…qué digo etiqueta, de URBANIDAD porque siendo niño nos tocó ver a varios señores que comían descalzos después de haberse furucuteado los dedos de los pies. En esta forma amigos ni todos aquellos adornitos de celuloide primero y de loza después, ni todas las geishas y las sirenas que adornaban la mesa de centro, ni los conejitos de felpa un poco ordinaria que su blancura disimulaba, ni las escupideras de bronce y algunas con baño de oro que se colocaban al lado de cada mueble de marquesita en la sala, ni todo aquel despliegue de ostentación que no buscaba más que un lucimiento personal que nunca llegó, bastan hoy con toda y las malas costumbres para descalificar aquellas personalidades. Y todo ante la mirada avergonzada y el bajar de los ojos de quienes hemos osado muchas veces en destacar lo pasado como lo mejor que ha habido y habrá. No. Como en todo tiempo en todas partes y en todas las cosas, ha habido lo bueno y lo malo y el pasado no era invencible “ningún campeón lo ha sido” y por lo tanto aceptemos los vicarios recalcitrantes, que en nuestra época también se cocieron habas.

domingo, 10 de julio de 2016

AQUELLOS REMEDIOS CASEROS



Lean bien por favor: CASEROS y no me vayan a salir que no incluí las inyecciones de meao de perro, las pastillas de tiza molía, o los ungüentos de tierra con mentol porque el título habla por sí solo. Ahora parecerá increíble pero en un tiempo fue cierto y hasta funcionaba algunas veces. Que el bebé tenía hipo? Se le ponía un hilito, mojao de saliva, en su arrugada frentecita, y santo remedio. Si ese mismo bebé u otro tenía pujo, eso era porque lo había estado visitando alguien que acababa de tener coito. El remedio era poner al niño en el suelo y caminarlo en cruz un par de veces. Que alguien le dolía el oído? Vuelta al algodón empápelo en leche materna y colóqueselo en la cavidad auditiva durante un rato. Listo. Para el dolor de cabeza hojas de matarratón frescas y colocadas bajo un sombrero o gorra. El horrible dolor de muelas sí que tenía ensayos; pero lo efectivamente comprobado era un algodón ( y dale con el algodón ) empapado en creosota y colocado en la caries. Daban también algún resultado el clavito de comer, el ácido fénico,( este cayó en desuso porque algunas chicas se suicidaron con él ) y la esencia de clavos. Las inflamaciones de cualquier tipo eran curadas con cataplasmas de muchas plantas - y asómbrense Uds – hasta de boñiga de vaca. La caspa,  la seborrea y hasta el pelo “cucú” tenían en la corteza del guásimo su mejor aliado .Otro mal que dio siempre mucho que hacer fue el posterior y eufemistamente llamado acné juvenil y que en aquel tiempo se le llamaba simplemente espinillas y no era potestativo de los jóvenes porque había muchos viejos con la cara como un anón. Eso sí fue sufrimiento de hombres y mujeres que ensayaron todo desde la masa para las arepas hasta la más sofisticada crema, hasta cuando empezó a verse algún resultado positivo en –quién lo creyera- la cera del oído aplicada en las porquerías esas. Finalmente el Dr Pachito Lugo primer médico homeópata que hubo en Barranquilla en la calle 37 carrera 29, les hizo ver a tanto cabeciduro que esos barros y espinillas no eran cosa cutánea sino estomacal y empezó a fabricar, recetar y vender la levadura de cerveza que fue milagrosa. Los malestares estomacales se curaban con almidón –sí ese de las cometas- polvo disuelto en medio vaso de agua y una pizca de sal. El limón era milagroso ya que servía para infinidad de cosas desde cortadas y raspones y magulladuras hasta en  irritación en los ojos pasando por mal olor en las partes púdicas. Cuando se producían comezón o rasquiña en medio de los dedos, más producto de la pecueca que de cualquier otra cosa,  se utilizaba leche de coco y a veces matarratón molío, tibio y friccionado. Entre paréntesis, no nos digamos mentiras: a Ud, a mí, a todos cuando éramos pelaos nos gustaba andar descalzo y si no lo hacíamos por gusto era a la brava porque el veintiúnico parcito de zapatos había que cuidarlos y el que usaba chancleticas era llamado marica, cosa que no importaría hoy en los tiempos de Gaviria, pero que en aquel entonces era horroroso, por lo cual andábamos con las rodillas, tobillos, talones y demás, heridos y nos los curaban a lo burro, con limón, vinagre, yodo, y cualquier polvo que se les ocurriera pero que ardía como el carajo. Había otro remedio para esos casos que llamaban “manito de Dios” y que no era más que una mezcla de aceite de cocina, alcanfor y azufre. También existía el insólito procedimiento de aplicar queso frito en las picaduras de insectos, que según no sólo aplacaban el dolor sino que combatían la posible infección. Había igualmente cantidad de yerbas, semillas, y hasta trocitos de árboles que cocidos o rayados, servían para muchas cosas. Las llamadas tomas estaban a la orden del día: el pitomorreal, el llantén útiles en afecciones auditivas, la manzanilla, la llamada cola de caballo, el romero para el cuidado del cabello y para tinturarlo de rubio, y la quina efectivísima para la fiebre. El bicarbonato para muchísimas cosas, desde la mala digestión hasta el grajo, pasando por la limpieza de dientes y que llegó al hall de la fama cuando la mismísima Compañía Colgate Palmolive lo introdujo entre los componentes de sus famosas cremas dentales. Y qué decir del permanganato sustancia que diluída en agua tibia era un antiséptico de alto poder cuyos mayores índices de venta estaban entre “las niñas” que ocupaban piecitas en el barrio Chino. En fin, tantas cosas de las cuales se obtenía hierro para los anémicos, y calcio para los debiluchos, pero quiero cerrar con el cicatrizante más berracamente doloroso que hasta aparece soterrado en un disco famoso. Me refiero al piedralipe que sanaba lo que ningún otro remedio había podido sanar; pero a qué precio: al precio de un dolor tan intenso que provocaba correr en lo posible. Tanto que ( y seguro estoy que es la primera vez que lo oyen ) fue el causante de que el pobre Migue se recluyera en una montaña pues sucedió que el señor Canales tenía una “ñoma” de burro en el “ñango” que nada se la curaba hasta que alguien le recomendó piedralipe, se lo aplicaron y el pobre Migue salió gritando y en carrera limpia para refugiarse en la montaña prefiriendo convertirse en ermitaño antes que volver a saber del piedralipe. Rigurosamente cierto, contado por el autor del tema musical a su primo Julio Oñate y a este servidor. Bueno y ahora Uds denle rienda suelta a su stock de remedios, pero caseros, nada de Mejoral ni de Aceite de ricino ni de Leche de Magnesia. Adelante pues.